Aunque no te aguante
A veces uno se topa consigo mismo. Es una desgracia, lo sé. Lo peor es que nuestro Yo nunca avisa que va a aparecer por la puerta y pegarnos un susto de tres pares. De hecho la última vez me pilló en el cuarto de baño y sin quererlo metí la pierna en el retrete, fue patético. El hecho es que uno, o una, acaba teniendo que convivir consigo mismo a regañadientes. ¡Maldita sea! Sabía que iba a elegir esa camisa de mierda hoy y ahora la tengo que llevar. Total, aquí quien manda es mi Yo, y sus decisiones son contundentes, tela marinera. Pero me he dado cuenta que mi Yo me construye. Me autoconstruye. También me he dado cuenta que lo hace (lo hago) sobre la base de otros Yo’s ya construidos (o en proceso de desconstrucción, ¡quién dice que los procesos son lineales!). Es como construir una casa. Algunos tuvieron que inventar el cemento con el que cementar los ladrillos que también otros tuvieron que inventar. Luego pusieron los dichosos ladrillos. A ti te toca la ventana, a mi el tejado, cagüen diez. Y cuando estás poniendo las tejas te preguntas: ¿Quién es el maldito arquitecto? Si me hago yo esa pregunta desde el tejado, antes me caigo al suelo que responderlo, lo aseguro. Si no habéis entendido la analogía entre la casa y la construcción del Yo, a mi tampoco me preguntéis. Lo importante es que a alguien le sirva. Yo lo único que quería transmitir es que el trabajo de albañil es tan digno como otro cualquiera. Diría más, el albañil de oficio no hace más que dedicarse a la personificación/materialización de lo que todos los demás tenemos que hacer mientras hacemos otras cosas por inercia, básicamente: construir una vida, poner los ladrillos de nuestra existencia, pintar las paredes de nuestras relaciones (a veces las de la casa de nuestra mujer) y tapizar el miedo a la muerte con pasta de dientes. A mí que la guerra me pille con el estómago lleno, no vaya a ser que me quiten mi privilegiado asiento desde el que contemplo la vida (la de los demás, la mía es un coñazo).
..turbia es la palabra con la que identifico la Verdad revelada. No se presenta de forma tan revelada, lo cual siempre me recuerda que andamos hacia arriba y hacia abajo con conceptos que no entendemos o manejamos cosas que no sabemos manejar. Los políticos, por ejemplo, ¿de qué van? El problema nunca resulta ser el de qué van sino quién paga el de qué van. Pues, los albañiles. Y a veces los que construyen verdades reveladas de esas, y tal. Bueno, todo lo que se viene diciendo, que no es poco, pero tampoco mucho, tiene un sentido evidente, a saber: que tenemos un miedo atroz a quedarnos solos por el temor de encontrarnos con nosotros mismos, y como dijo el famoso autor aquél “que ese momento sea el más feliz o la mayor desgracia de nuestras vidas”, y como hemos nacido en un continente de pesimistas (¡gracias Schopenhauer!), pues mejor encontrar algo de compañía con la que vencer el silencio inoportuno. Pero el silencio entre dos personas es algo precioso, ¿nunca lo habían pensado? Pues yo sí. Compréndame, cuando una (personita) llega a sentirse completamente cómoda en silencio con otra (personilla) está comunicando mucho, pero diciendo absolutamente nada. Lo mismo ocurre con la soledad que no es otra cosa que un diálogo con uno mismo y de dónde han salido grandes genios que han sabido transformar su soledad en una fuerza creativa de dimensiones apocalípticas. Una última cosa. Yo no soy el que está escribiendo estas líneas eres tú (ejem…) perdón, usted. No es mi voz la que escucha dentro de su cabeza mientras lee, es la suya. Está creando el lenguaje a medida que lo recibe. La comunicación nunca fue unilateral. Estos son sus pensamientos puestos en su papel. Disfrute de lo que es suyo. Y recuerde, aunque no me aguante: la próxima vez que se cruce con un albañil, una casa o un político, su Yo está al acecho.
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